VIDA SALUDABLE - 10 de julio de 2026
Si miramos a nuestro alrededor y nos observamos a nosotros/as mismos/as probablemente nos reconozcamos en alguna de estas situaciones:
Haber perdido peso y, sin embargo, seguir viéndonos igual
Compararnos físicamente con otras personas y desear parecernos
Sentir rechazo hacia algún rasgo de nuestro cuerpo
Encontrarnos mal con nuestra imagen sin entender exactamente por qué
Tener dificultades para identificar cómo nos sentimos o qué necesitamos
Evitar mirarnos al espejo, tocarnos o vestirnos de forma consciente
Aunque puedan parecer experiencias muy diferentes, todas tienen algo en común: están relacionadas con nuestra imagen corporal.
La imagen corporal es la representación que tenemos de nosotros/as mismos/as, es decir, la percepción que construimos sobre nuestro propio cuerpo.
Lo interesante e importante de la imagen corporal es que no tiene tanto que ver con el cuerpo físico que tengamos, sino con la historia que hemos vivido con él, es decir, de las experiencias que nuestro cuerpo haya experimentado.
Las experiencias de nuestra infancia, los comentarios que hemos recibido, las comparaciones, el trato, las presiones sociales, culturales y familiares o algunos acontecimientos vitales van construyendo la forma en la que nos miramos a nosotros/as mismos/as.
Cuando existe algún malestar relacionado con nuestro cuerpo, el mensaje que solemos recibir desde la sociedad es bastante claro: si algo no te gusta, cámbialo.
Si no te gusta tu pelo, alísatelo, tíñetelo o córtatelo.
Si no te gusta tu cara, busca cambiarla con cremas, con tratamientos o con cirugías.
Si no te gusta tu cuerpo, haz deporte, haz dieta, toma medicamentos, o recurre también a la intervención estética.
En definitiva, si no te gusta cómo te ves, cámbialo.
Detrás de todos estos mensajes hay una misma idea: si no te gusta cómo te ves, el problema está en tu cuerpo, no en tu mirada.
No hay un mensaje que nos anime a algo diferente, como por ejemplo: Si no te gusta tu cuerpo, pregúntate el por qué.
¿En qué momento has dejado de sentir tu cuerpo como un lugar seguro y tranquilo? ¿En qué momento has sentido que el problema lo tienes tú? ¿De dónde nace esa mirada de rechazo?
Vivimos bombardeados con información que nos indica constantemente cómo se supone que deberíamos ser físicamente. Y a la vez, nos genera nuevas necesidades y complejos.
Hace años la presión se centraba fundamentalmente en el peso corporal. Hoy, además de la delgadez, también se exigen cuerpos definidos, musculados, jóvenes y sin imperfecciones.
No es habitual hacernos este tipo de preguntas, por ello, en el artículo de hoy queremos ayudarte a tomar conciencia a partir de un ejercicio práctico sencillo.
Imagina que tu cuerpo fuese un compañero con el que compartieses un piso, ¿cómo sería tu relación con el mismo?
Vivimos por separado “cada uno por su lado”
Apenas presto atención a mi cuerpo
Me cuesta identificar lo que me ocurre física y emocionalmente
No suelo darme cuenta de cuándo necesito descansar, comer, beber
Es como si mi cuerpo y yo funcionásemos por caminos distintos, no entiendo a mi cuerpo.
Estamos enfadados “con reproches”
Paso mucho tiempo criticando a mi cuerpo o aspecto
Me siento incómodo/a o avergonzado/a con él
Me trato con dureza cuando me miro o pienso en mi imagen
Mantenemos la distancia “mejor no hablamos”
Evito estar en contacto con mi cuerpo (sin mirarme, ni tocarme)
Existe una sensación de rechazo silencioso
Relación complicada de “amor-odio”
Por un lado critico, juzgo y humillo a mi cuerpo
Por otro, me da pena y me siento culpable
Buena convivencia “nos llevamos”
Conozco bastante bien cómo funciona mi cuerpo, se traducir las sensaciones en necesidades. Por ejemplo, saber cuándo estoy cansado/a y priorizar un descanso.
Lo respeto, aunque no me encante todo de él
Relación de cuidado “somos equipo”
No solo entiendo sino que también atiendo las necesidades de mi cuerpo
Procuro ofrecerle aquello que le ayuda a estar bien, no solo lo que me apetece en cada momento (como comida saludable y deporte)
Lo acepto como parte de mí
Me relaciono desde la amabilidad, gratitud y respeto
La relación que mantenemos con nuestro cuerpo no es tan distinta a la que podemos mantener con otras personas de nuestro entorno.
Los vínculos no aparecen de la noche a la mañana. Para sentir cercanía, cariño e intimidad con alguien necesitamos pasar tiempo con esa persona, vivir experiencias agradables y cierto grado de conocimiento mutuo.
Con el cuerpo sucede exactamente lo mismo.
Tal vez el objetivo no sea obligarnos a sentir amor hacia nuestro cuerpo de forma inmediata. Quizá el primer paso sea algo más sencillo: acercarnos a él con curiosidad, escuchar lo que tiene que decirnos y preguntarnos qué tipo de relación nos gustaría construir a partir de ahora.
Redactado por:
Ana Gutiérrez Frutos
N.º. Col. M-33182. Psicóloga General Sanitaria