VIDA SALUDABLE - 15 de febrero de 2026
La relación entre depresión y alimentación es profunda y bidireccional. La depresión no solo altera el estado de ánimo o la motivación, sino también la forma en que una persona se relaciona con la comida. Comprender esta interacción es clave para la intervención psicológica y para prevenir que los síntomas se intensifiquen a través de hábitos alimentarios desregulados.
La depresión afecta tanto los mecanismos fisiológicos como psicológicos que regulan el hambre y la saciedad. Muchas personas experimentan pérdida de apetito, comidas escasas y desorganizadas o abandono de rutinas básicas relacionadas con la alimentación. La apatía, el cansancio y la disminución del interés general explican este patrón.
En otros casos aparece la situación opuesta: aumento del apetito o preferencia por alimentos altos en azúcar y grasas. Estos alimentos producen picos de placer rápidos y alivio momentáneo del malestar psicológico, lo que explica la tendencia a utilizarlos como estrategia de regulación emocional cuando faltan recursos más adaptativos.
A nivel biológico, la depresión puede alterar niveles de cortisol, serotonina y ghrelina, hormonas implicadas en el estado de ánimo y el hambre. Estos cambios contribuyen a la fatiga, la irritabilidad y la falta de energía, cerrando un círculo que afecta tanto a la alimentación como al bienestar emocional.
Además de lo fisiológico, la depresión influye en los hábitos alimentarios mediante mecanismos cognitivos y emocionales:
Anhedonia: comer deja de ser una experiencia placentera, no somos capaces de conectar con lo satisfactorio de la alimentación.
Evitar o posponer tareas: cocinar o planificar comidas puede resultar abrumador, se puede acabar no comiendo o haciendo comidas rápidas y desorganizadas por la falta de motivación.
Pensamiento negativo y baja autoestima: dificultan el cuidado personal y generan culpa o indiferencia respecto a la alimentación, el autocuidado a través de la nutrición deja de ser importante.
Comer emocional: la comida se usa como regulador primario del malestar cuando no se dispone de herramientas más adaptativas.
Este conjunto de factores genera un ciclo: la persona come de manera desorganizada o emocional, lo que intensifica el malestar; y el malestar, a su vez, dificulta sostener hábitos saludables.
Una intervención eficaz requiere un enfoque integrador y respetuoso con el ritmo de la persona. Algunas estrategias útiles incluyen:
Restablecer rutinas básicas: horarios regulares y opciones de comida sencillas reducen el agotamiento de decidir en el momento y proporcionan una estructura.
Técnicas de entrevista motivacional: ayudan a trabajar la ambivalencia y promover pequeños cambios sostenibles sin abrumar a la persona, evaluando en qué estado de motivación al cambio se encuentra.
Entrenamiento en regulación emocional: respiración, grounding (caminar descalzo), autocompasión, técnicas de tolerancia al malestar y alternativas al comer emocional.
Intervención cognitivo-conductual: para cuestionar creencias desadaptativas y trabajar el perfeccionismo y la autoexigencia.
Trabajo interdisciplinar: la colaboración con nutricionistas especializados en salud mental puede mejorar el abordaje.
Promover rutinas de activación: actividad física ligera, exposición a la luz natural y pautas de sueño consistente.
La relación es bidireccional. Una alimentación poco nutritiva puede afectar de forma negativa a la depresión, a la par que la depresión provoca que cueste llevar a cabo una alimentación que nos cuide. Debido a esta dificultad, poder contar con expertos que nos ayuden o establecer medidas de cambio realistas y pausadas, va a ser fundamental.
Ana López Alonso - Psicóloga General Sanitaria M-35894 en Alimentación 3S.
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Alimentación 3S