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TDAH en la escuela. Cómo afecta la crítica constante al desarrollo personal

DÉFICIT DE ATENCIÓN - 10 de abril de 2026

Cuando hablamos de diferencias individuales solemos pensar en lo observable y no siempre tenemos presente que, en lo relativo a lo cognitivo y emocional, no todos los cerebros funcionan igual.

En la escuela, esta expectativa de homogeneidad es constante: se espera que cada niño/a atienda, comprenda, integre, aprenda y responda al mismo ritmo y de la misma manera. Si bien en los últimos años ha habido una enorme evolución hacia una mayor adaptación curricular, lo cierto es que el modelo educativo tradicional sigue favoreciendo a quienes encajan en una forma concreta de aprender: permanecer sentados durante horas, escuchar de forma mantenida, aprender a base de leer (no siempre comprender) y repetir, todo esto siguiendo un ritmo común para toda la clase.

El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) es una condición del neurodesarrollo que se caracteriza por dificultades para mantener la atención de forma sostenida, para el control de los impulsos y para la regulación emocional, pudiendo presentarse con o sin hiperactividad.

En este marco, muchos niños y niñas con TDAH no sufren únicamente por sus propias dificultades cognitivas, sino por las limitaciones provocadas por un sistema de aprendizaje rígido, que continúa priorizando una única manera de estar en el aula, y que no logra adaptarse y llegar a otras formas de procesamiento y aprendizaje.

En este desajuste entre cómo funciona una persona con TDAH y la estructura del sistema educativo, estas diferencias no son vistas como características y pasan a interpretarse como “problemas” o “fallos personales”.

Juicios como “este niño no para, es muy inquieto”, “está siempre molestando en clase”, “no escucha”, “siempre está metido en problemasponen el foco exclusivamente en el niños o la niña, como si la cuestión es que él o ella fuesen los causantes del problema, en lugar de cuestionar hasta qué punto el sistema, la escuela o el profesorado puede acoger otras formas de estar y aprender en el aula.

Imaginemos, por un momento, cómo sería un sistema en el que los niños pudieran aprender de otras formas diferentes a la escrita: a través de un trabajo más experiencial, con más estímulos, mediante lenguaje verbal, música o movimiento. O que el movimiento estuviese incluido de alguna manera en las aulas, con un aprendizaje con descansos o espacios para poder regular emocionalmente.

Cuando estos comentarios críticos se repiten durante años en un lugar tan protagonista en la infancia como es la escuela, y provienen además de figuras de referencia como compañeros y profesores, dejan una profunda huella en la autoestima. Cuando un niño recibe más correcciones que reconocimiento, más llamadas de atención que refuerzo positivo, empieza a interiorizar una narrativa de incapacidad sobre sí mismo.

Muchos niños con TDAH acumulan más experiencias de frustración que de éxito y ante la incapacidad de entender la complejidad del asunto, terminan concluyendo que el problema está en ellos, desarrollando un sentimiento casi crónico de estar fallando.

Todos hemos experimentado lo que se siente cuando intentamos algo con mucho esfuerzo sin lograr resultado. Si esto se repite sucesivamente y el esfuerzo no se traduce en algo visible, es fácil que aparezca la sensación de indefensión, incapacidad y que la respuesta sea finalmente el abandono: la idea de que el mundo escolar no está hecho para uno mismo.

Cuando el mensaje que lanzamos desde la escuela y el entorno familiar cambia de “compórtate como lo hacen los demás” a “vamos a ver cómo nos las ingeniamos nosotros para ayudarte y que puedas participar con los demás”, no solo mejoran los resultados académicos, sino que se protege la construcción de una autoestima sana.

Por ello, es esencial que la sociedad, la escuela y las familias conozcan en profundidad el TDAH y aprendan que detrás de muchas conductas no hay falta de interés sino una forma distinta de funcionar.

Redactado por:

Ana Gutiérrez Frutos

N.º. Col. M-33182. Psicóloga General Sanitaria

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