VIDA SALUDABLE - 20 de febrero de 2026
¿Te has preguntado alguna vez por qué, aunque sepamos que algo no es bueno para nuestra salud, lo seguimos haciendo?
¿Por qué, a pesar de vivir en una sociedad sobreinformada, mantenemos conductas que nos dañan?
O incluso, ¿por qué aunque acudamos a profesionales que nos ayudan y acompañan, hay hábitos que se resisten a ser cambiados?
Este “sé que me hace mal, pero…” es una experiencia mucho más frecuente de lo que pensamos. En el artículo de hoy queremos explicarte qué hay detrás de esta contradicción y por qué, en realidad, no tiene tanto que ver con la famosa fuerza de voluntad.
Los psicólogos J. Prochaska y C. DiClemente explicaron este fenómeno a través de su Modelo Transteórico del Cambio. Según este modelo, nuestro comportamiento no cambia de la noche a la mañana, no es ni inmediato ni lineal, sino que sigue un proceso circular compuesto por cinco etapas.
A este estado interno de “ni si, ni no” se le denomina ambivalencia, y consiste en ese estado en el que la persona mantiene un conflicto interno entre una parte de sí misma que quiere cambiar y otra que no, manteniéndose entonces paralizada.
En la siguiente imagen os mostramos cómo sería el proceso de cambio en un ejemplo referido a un cambio de hábitos de alimentación.

Un dato curioso y especialmente relevante es que cuando una persona no se encuentra en etapa de acción, la presión suele ser muy contraproducente. Si el entorno tira más hacia un lado, la persona tirará para el contrario.
Imaginemos el ejemplo de una persona que no está cuidando de su alimentación. Cuando el entorno recurre a la presión y persuasión, tal vez genere un cambio puntual, pero raramente sostenido en el tiempo. El cambio debe nacer de la persona a través de este recorrido decisional.
Comprender de forma clara cómo funcionamos y, en concreto, cómo es nuestro aprendizaje de rutinas es esencial cuando nos planteamos cambios como dejar de fumar, incorporar una rutina de deporte, buscar cambios alimentarios, reducir el consumo de alcohol o sencillamente introducir en general nuevas rutinas y compromisos. Es un modelo ampliamente utilizado en adicciones, por ejemplo.
Para los profesionales de la salud
Identificar en qué fase se encuentra la persona permite ajustar la intervención. Ofrecer soluciones o pautas cuando el conflicto interno aún no está resuelto no solo es ineficaz, sino que puede hacer que la persona descarte ese recurso en un futuro pensando que “no le funciona”, cuando en realidad aun no estaba preparada para el cambio.
Para la propia persona
Para todo cambio de comportamiento y, especialmente, cuando se trata de incorporar hábitos, preguntarse “¿en qué momento estoy?” ayuda a situarse, ser respetuoso con uno mismo y elegir el mejor momento para iniciar el cambio.
Para el entorno cercano
Es muy frecuente que familiares y personas del entorno cuando observan un problema evidente en un ser querido intenten intervenir con intención de ayuda y cuidado.
En no pocas ocasiones, esta motivación termina convirtiéndose en presión. Entender profundamente en qué momento se encuentra nuestro familiar nos ayudará a no saturarle, saber resituarnos y poder ofrecer el acompañamiento según el momento.
Por ejemplo, si nuestro familiar aún está dudoso sobre si dejar de fumar o no, llevarle a la acción no le ayudará, sino el diálogo de qué es lo que le lleva a querer seguir fumando.
En resumen, cambiar un hábito no es solo cuestión de fuerza de voluntad o de conocer qué es saludable o qué no lo es, sino que se trata de un proceso complejo en el que la preparación tiene todo un recorrido. Entender que existen diferentes etapas y que la ambivalencia forma parte del proceso, nos ayudará a entendernos y poder acompañarnos a pasar por todas ellas hacia un cambio que dure en el tiempo.
Redactado por:
Ana Gutiérrez Frutos
N.º. Col. M-33182. Psicóloga General Sanitaria