SALUD PULMONAR - 3 de julio de 2026
La respiración es una función automática del cuerpo, que normalmente ocurre sin que tengamos que pensar en ella. Sin embargo, en momentos de estrés o ansiedad, muchas personas empiezan a notar cambios: respiración más rápida, sensación de opresión en el pecho o la impresión de que “no entra suficiente aire”.
Aunque pueda parecer preocupante, en la mayoría de los casos los pulmones están sanos. Lo que está cambiando es la forma en la que el sistema nervioso regula la respiración.
El estrés activa un sistema natural del cuerpo que nos prepara para reaccionar ante posibles peligros. Es lo que se conoce como respuesta de “lucha o huida”.
En este estado, el corazón late más rápido, los músculos se tensan y la respiración se acelera. Esto es útil en situaciones puntuales, pero cuando el estrés se mantiene, el cuerpo permanece demasiado tiempo en este modo de alerta.
Como resultado, la respiración puede volverse más rápida y superficial, lo que genera sensaciones como opresión en el pecho, necesidad de suspirar o sensación de no llegar a coger suficiente aire.
Muchas personas empiezan a fijarse en su respiración cuando notan algo diferente. Esto puede generar pensamientos como: “me falta el aire” o “no estoy respirando bien”.
Esta atención constante puede aumentar la ansiedad, lo que a su vez modifica aún más la respiración. Así se forma un círculo en el que cuanta más atención se presta a la respiración, más incómoda se vuelve.
Es importante entender que, en la mayoría de los casos, estos cambios en la respiración no indican un problema pulmonar, sino en la interpretación de las sensaciones y en la activación del sistema nervioso.
Cuando respiramos demasiado rápido sin darnos cuenta, puede aparecer lo que se conoce como hiperventilación. Esto puede generar sensaciones como mareo, hormigueo en manos o labios, presión en el pecho o sensación de irrealidad.
Aunque estas sensaciones pueden ser muy intensas, no son peligrosas. Son una respuesta del cuerpo al exceso de activación y suelen desaparecer cuando la respiración vuelve a su ritmo normal.
El objetivo no es controlar la respiración de forma rígida, sino ayudar al cuerpo a volver a un estado más tranquilo. Algunas estrategias útiles son:
Reducir la velocidad de la respiración de forma suave.
Centrar la atención en exhalar lentamente.
Colocar una mano en el abdomen para notar el movimiento natural.
Hacer pausas conscientes durante el día para relajar el cuerpo.
Evitar comprobar constantemente cómo se está respirando.
La respiración está diseñada para autorregularse. Cuanto más intentamos controlarla de forma constante, más nos desconectamos de su ritmo natural.
Entender la conexión entre ansiedad y respiración ayuda a reducir el miedo a estas sensaciones. En la mayoría de los casos, no indican un problema pulmonar, sino una reacción del cuerpo al estrés.
Beatriz Gil Adell AO-13041, Psicóloga Sanitaria en Alimentación 3S.
Redactado por:
Alimentación 3S